¿Por qué mi perro aprende lo que él quiere?

“Una cosa que suele sorprender a los propietarios es la facilidad con que su perro es capaz de aprender determinadas cosas y lo especialmente torpe que se muestra para aprender otras.

¿Es que los perros son capaces de discernir entre lo que les interesa aprender y lo que no? Veamos la respuesta”

El aprendizaje forma parte esencial de la supervivencia, sin la capacidad de aprender, de formar nuevas asociaciones mentales que relacionan unos acontecimientos, las especies animales, incluso el hombre, terminarían desapareciendo. El perro que tras dar un lametazo a un enchufe recibe un calambrazo aprende que los enchufes son seres malignos y desde entonces se abstendrá de demostrarles todo interés

Teorías y más teorías

El pasado siglo sufrió un verdadero empacho de teorías sobre la educación, abanderada por la escuela de psicología behaviorista y su gruñu, el psicólogo B.F Skinner, que formularon el concepto de “conocimiento operante”. El condicionamiento operante es una forma de aprendizaje en el que la consecuencia (el estímulo reforzador) es contingente a la respuesta que previamente ha emitido el sujeto. Los behavioristas descartaban la genética como factor significativo en el aprendizaje.

Admitimos que, si una conducta va seguida de una satisfacción el animal tiende a repetir esa conducta. ¿Un bravo por los behavioristas! ¿Y qué pasa si una conducta es seguida por un castigo? En nuestra relación con el perro hemos instaurado una política que podemos denominar de la zanahoria y el palo (premio y castigo). Cuando tratamos de educar al perro para una tarea, le inducimos a ello mediante alguna clase de premio, pues es de sentido común que se premie el trabajo bien hecho. Los procesos de aprendizaje dependen en gran medida de la recompensa.
La mentalidad popular supone además que si premia la acción correcta, el castigo, en general, no debilita la incorrecta. La proposición: “El estímulo aversivo inhibe el comportamiento indeseable”, no parece cierta.
Experto en evitar el castigo

El miedo al castigo hace que el animal trate de evitarlo mediante un comportamiento de huida, mientras que la conducta indeseada permanece. En general el castigo tiene efectos negativos, el perro responde con la huida o con la lucha si tiene un temperamento dominante.

En perros que han sido severamente castigados durante su educación podemos observar un interesante comportamiento, tant pronro ven los instrumentos educativos tradicionales como la traílla, aumentan los latidos de su corazóm y muestran ansiedad, es el denominado estrés educacional. Ello supone un factor muy negativo para el aprendizaje, pues incluso pueden dejar de realizar actividades aprendidas anteriormente, aunque por esas actividades nunca hubiesen recibido castigo. Se produce una proyección de los estímulos displacenteroshacia actividades que antes realizaba con agrado.

Benjamín Hart en su libro “Terapia del comportamiento en cánidos y félidos” sostiene que el castigo en realidad sólo resulta útil en aquellos casos en que el adiestrador trata de resolver un problema de dominio o jerarquía social. La razón de ello es el comportamiento que el perro adopta ante el castigo, la suya es una respuesta social instintiva. El perro al que castigamos va a responder de manera natural humillándose, esconde la cola entre piernas y se muestra sumiso; nos está enviando señales de apaciguamiento. Nos ve como un superior amenazante y trata de tranquilizarnos. El castigo no logra que el perro establezca una conexión mental entre su propio comportamiento indeseado y nuestra respuesta.

Dominancia y aprendizajefotolia3921866xs 160 ¿Por qué mi perro aprende lo que él quiere?

En palabras claras, no entiende que sea castigado por haber hecho algo mal sino que lo interpreta como un acto de dominancia social por nuestra parte, de ahí que el castigo sea en la mayoría de los casos inútil. Un ejemplo ilustra perfectamente esto. Podemos castigar a nuestra perro 20 veces por escarbar en una esquina del patio y lo seguirá haciendo y humillándose delante de nosotros con cada regañina.

Bastaría una experiencia negativa no cargada de la superioridad social que ejercemos sobre él, para cambiar ese hábito. Si al escarbar se daña una pata con un cepo o recibe una pequeña descarga eléctrica cesa automáticamente esa conducta indeseada.

Es el efecto indeseado de una respuesta natural y no social impuesta por nosotros, la que logra cambiar el mal comportamiento. El castigo es desconcertante para el aprendizaje del perro, no aprende y se sumerje en un estado de ansiedad. Es más útil recompensar el comportamiento correcto que castigar el incorrecto.

La conclusión es sencilla, el perro no aprende lo que quiere sino todo aquello que un multitud de estímulos del más variado orden, positivos y negativos, y una sensibilidad y motivaciones características de su raza le marcan. Podemos enseñar muchas cosas divertidas a nuestro perro, pero como dice el refrán, no podemos pedir peras al olmo.

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